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Morgia

La botella

La botella Mis pies descalzos han tocado las primeras rocas, dejando a la derecha la playa de arena gruesa, anaranjada. He dejado atrás el espigón donde los pescadores de ciudad se sientan durante horas, esperando un miserable pececito. Voy resiguiendo la línea de la costa cada vez más abrupta, entre las rocas chapoteo en las pozas que la marea ha dejado, los cangrejos se esconden a mi paso para volver a salir a mi espalda, casi como si se rieran de mí. Dos saltos más y llego a una pequeña cala, en ella hay dos barcas boca abajo, no hay camino que lleve hasta aquí, el acantilado es escarpado, solo los que nos atrevemos a saltar por las rocas llegamos a estos tres metros de arena suave, fina como el cabello de las sirenas. El agua toma color de plata aquí, y sol, le levanta reflejos de espejo. La barca de Manuel ya está en medio de la cala, como una turquesa en medio de unos senos, me ve y me hace señas de ir a buscarme, levanto la mano y le digo adiós, hoy no me apetece compañía humana. Ese pequeño, viejo y endurecido pescador, conoce el valor del silencio y el de las palabras.
Vuelvo a trepar por las rocas al otro lado de la cala, cruzo a través de matorrales, clavándome las agujas secas de los pinos colgados del acantilado, al otro lado las rocas son bajas, formando una maraña de pozas y recogidos entrantes, solo piedra y agua. Busco una piedra a la sombra que me permita meter los pies en el agua, me gusta la sensación de vaivén, cierro los ojos y respiro la sal, la piedra mojada moldea mi espalda.
A medida que pasa el tiempo los sonidos se diferencian, lo que empezó siendo un estruendo sin sentido va desgranándose en detalles, por un lado el agua contra las rocas, por otro el silbido del viento como una gaita lastimera, el roce de los cangrejos buscando su pitanza, el chapoteo de un pez que salta, las alas de las gaviotas, un graznido, un clic contra la roca… ¿un clic contra la roca?
Ahora mis ojos ya no se pueden volver a cerrar, hay un sonido que no pertenece a esta música, con el oído alerta, mis ojos van resiguiendo las pozas, cada roca, hasta hallar el lugar de donde parece surgir ese maldito clic-clic.
Con pereza y desgana me levanto y voy acercándome al lugar, allí abajo, casi metida entre dos rocas una botella golpea a cada vaivén de agua, maldita sea la humanidad. Tendré que ir a por ella, cargarla de vuelta y buscar donde tirarla, por un momento me siento tentada de dejarla allí, es difícil que la porquería humana llegue hasta este rincón, pero ya ha pasado otras veces, siempre acabo recogiéndolo, sea lo que sea, no soporto la idea de que manchen este pequeño refugio que considero mío. Doy la vuelta y bajo por el otro lado de la roca, con el agua a la cintura vadeo y llego hasta la botella, de cerca veo su color verde, lechoso por las incrustaciones del mar y la sal, lleva mucho tiempo en el agua. La recojo y vuelvo a mi lugar, a mi roca.
No puedo apartar la vista de la botella que he dejado tumbada en un hueco, ya no puedo recobrar la serenidad de hace un momento, reclama mi atención como un destello, la botella no es de una bebida de hoy en día, tiene gravados, casi deslucidos y lisos por el agua pero aún perceptibles, mirándola bien veo que está tapada por una especie de cera. La cojo y la miro al trasluz para ver si hay algo dentro, pero está demasiado sucia para ver nada y no tengo nada para poder destaparla y mirar. Busco con la mirada algún trozo de palo o algo con lo que pueda ayudarme, no hay nada, me siento tentada de estrellarla contra la roca, pero sé que no lo haré, no quiero cortarme la próxima vez que venga hasta aquí.
Acerco el oído hasta la botella mientras la muevo y siento un rumor extraño, dentro hay algo. Solo se me ocurre rozar contra la roca el sello de cera, duro por el agua de mar y las incrustaciones, para ir desgastándolo poco a poco, ya puedo levantar con la uña un trocito, poco a poco voy desconchando la cera, debajo aparece un tapón del mismo cristal verde rematado por una pequeña anilla que en otro tiempo debió ser dorada y ahora es casi negra, intento despegarla para tirar de ella, pero aún queda mucha cera que quitar.
El sol llega ya casi a mis pies, debería marcharme ahora, si no la marea subirá y será difícil atravesar las rocas, pero no puedo dejar la botella sin abrir, casi lo he conseguido, si sube la marea me quedaré hasta la tarde, no es la primera vez que lo hago, treparé hasta encontrar un pino que me de sombra en las horas más fuertes del sol y dormitaré a su sombra.
Ya está, solo queda tirar de la anilla, pero el tapón está muy atascado, poco a poco intentando darle vueltas se va soltando y en un momento inesperado ¡plop! el tapón está en mis manos. Miro rápidamente dentro, que desilusión, esta vacía, no hay nada, pero un olor diferente asalta mi olfato, me la acerco, no consigo distinguirlo bien, es olor a mar si, pero…a un mar diferente, más salobre, más frío, un olor a verde inmenso, oscuro, a lluvia. Acerco la botella a mi oído, recordando el sonido que escuché antes de abrirla, al principio es un rumor, luego sonidos, extrañas palabras murmuradas, casi una canción por su melodía, vuelvo a olerla, vuelvo a escucharla, quiero mirar dentro, el destello del sol se refleja en su interior y poco a poco distingo un movimiento, vaivenes de olas espumosas, que se alzan, que rompen contra un acantilado con fuerza, maderos, cuerpos, velas…
Lentamente coloco el tapón en su sitio, bajo con la botella hasta la última roca que mi pié puede pisar y la devuelvo al mar.
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1 comentario

paleón -

"Houbo un rico
cabaleiro portugués que paseando un día polas praias atlánticas, atopou unha
serea.
Levouna para o
seu pazo e púxolle de nome Marinha. Ela non falaba e só quería fuxir para oír o
mar.
A serea tivo un fillo do señor, pero seguía sen falar. Entón, o cabaleiro mandou facer unha
fogueira e simulou querer botar o neno ao lume. Tal foi o susto da nai que
proferiu un berro. Este berro provocou que lle saíse da boca un anaco de carne
que a fixo falar"
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