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Morgia

Montsegur

Montsegur Bajo la luz de la luna, metida en un cesto de mimbre, la habían descolgado por la pared vertical hasta un saliente, desde el que pudo descender como un monito por el terraplén hasta el bosque. Desde las almenas su madre la vio alejarse agachada hasta los primeros árboles, allí se volvió a mirar atrás con los ojos anegados por las lagrimas, sin ver mas que el negro castillo alzado en la cima, mas aterrador a la luz de las hogueras que desde el valle iluminaban esa fortaleza inexpugnable, que al día siguiente se rendiría irremediablemente a los cruzados. Buscó refugio debajo de unos matorrales sin alejarse demasiado de la linde del bosque, su madre le había prometido que iría a buscarla por la mañana, cuando todo hubiera terminado. Los sonidos del bosque eran aterradores, pero no tanto como los gritos de la batalla que llevaba meses escuchando y que llegaban ahora hasta ella amortiguados por la distancia, el cerco se extendía por el valle en la parte delantera del castillo, ella había descendido por el acantilado que defendía en sus tres cuartas partes la fortaleza de Montsegur.
Entre su ropa, bien escondido, llevaba el objeto envuelto en un trapo que su madre le había entregado y un pergamino lacrado con el sello de Dama Esclarmonda. Poco a poco sus parpados comenzaron a pesar y se quedó dormida abrazada al objeto bajo su ropa.
No pudo ver las sombras que se deslizaron en silencio hasta casi el mismo punto donde ella había descendido y que lentamente empezaron a ascender por la pared hasta el castillo, llegaron a la cima en la “hora entre horas” cuando el sol aun no a despertado y la luna a desaparecido del firmamento. Los vigías medio adormilados fueron masacrados antes de poder dar la alerta. La lucha en el recinto fue cruenta y hasta casi media mañana los asediados resistieron su embestida, casi sin armas, famélicos y cansados, los caballeros fueron cayendo hasta la rendición.
Entraron los cruzados a caballo, con la legación papal al frente, clérigos orondos y satisfechos, les seguían a pie toda una caterva de presidiarios sacados de las mazmorras francesas, con promesas de remisión de sus pecados y del botín les habían llevado a esta cruzada que se había convertido en una carnicería.

Despertó sobresaltada por el silencio, el sol estaba alto desde hacia rato, entre sollozos contenidos llamaba a su madre bajito, espiaba por debajo el matorral buscándola, pero allí no había nadie, al final salió de su escondrijo y comenzó a caminar entre los árboles, seguía un camino entre los matorrales más espesos que solo conocían los niños del lugar, allí había jugado a esconderse con su hermana el verano pasado. Fue bordeando el bosque, siguiendo la línea de los arbustos, con las piernas arañadas de la maleza, las lagrimas y los mocos ensuciando su carita morena, sin dejar de abrazar el objeto que llevaba debajo de la ropa, casi como si se abrazara ella misma.
Llagó a la altura del valle y se detuvo, desde aquí solo podía hacer dos cosas, o bien se metía en el bosque alejándose del castillo, o salía a la pradera, a campo descubierto. Había mucho movimiento en el camino del castillo, el campamento de los cruzados empezaba a media pradera y terminaba mucho mas allá del camino.
La sorprendió ver varios carros acercándose hacia ella, venían con ellos unos cuantos hombres a caballo, no vio que detrás de los carros relucían las hachas de los leñadores al hombro, corrió sin mirar atrás hasta la profundidad del bosque.
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