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Montsegur (El prado de los quemados)

Montsegur (El prado de los quemados) Tenia hambre, encogida entre dos rocas se estremecía cada vez que retumbaba en el bosque la caída de un árbol. El sol estaba bajo cuando se hizo el silencio.
Descargaron los carros en mitad del prado, colocaban los troncos para formar grandes hogueras, con la destreza que da la practica, partiendo los más grandes en el mismo lugar. Trabajaron hasta bien entrada la noche, el obispo quería empezar los juicios al amanecer.
Con el frío de la madrugada en los huesos bajaron a las gentes de Montsegur hasta el claro, donde habían dispuesto una mesa para el obispo y demás religiosos, los caballeros cruzados marchaban a caballo a los dos lados de las casi quinientas personas que quedaban despues del asedio. La tropa procedió al saqueo de Montsegur con una fiereza innombrable, en busca del supuesto tesoro de los cataros, escondido allí.
Despertó tiritando de frío, sedienta, quería a su madre, le dolía en la espalda donde una piedra se había clavado toda la noche. Recordaba que había saltado un riachuelo en su huida la tarde anterior, con los pies pesados caminó hasta encontrarlo y apagar la sed con el agua helada y clara que saltaba murmurando entre las piedras, casi invisible en algunos puntos por la hierba y los matojos.
Tenia miedo de volver hasta el castillo, pero algo la impelía en esa dirección, la esperanza de encontrar a su madre buscándola en la linde del bosque.
La visión fue incomprensible para ella, casi dio un paso fuera de la espesura al ver a toda su gente reunida en el prado, el movimiento de un caballo que su jinete con armadura no pudo controlar la devolvió a la realidad haciéndola retroceder. Se sentó entre unos arbustos que le permitían una buena vista y se dispuso a esperar, si aquello era la rendición de la que su madre le hablaba quizá vendría pronto a buscarla y entonces ya no tendría que cumplir su misión. El sol de medio día la adormeció, cansada de ver pasar gente por delante de aquellos caballeros de púrpura, unos eran apartados a un lado, los demás seguían a dos caballeros hasta el corro que estaban formando en la pradera.
El humo se metió por su nariz haciendo que se sobresaltara, las hogueras habían sido encendidas a media tarde, más de doscientas personas fueron quemadas en ellas, hasta bien entrada la noche se seguía quemando gente, el olor de la carne quemada era insoportable, las rachas de viento llevaban el humo y el hedor hasta ella. Poco a poco sus ojos fijos en las piras dejaron de ver las caras, su mente buscó refugio en el último verano que su hermana corrió con ella por el bosque, en la humedad de la hierba bajo sus pies, en la risa y en las carreras campo a trabes, las trenzas de su hermana al viento, sus ojos violeta, su mano blanca ofreciéndole una manzana, su hermana que moriría en los primeros días de agosto con la cara escarlata por la fiebre.
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1 comentario

Moonsa -

Aquí tens una apassionada de l'Edat Mitjana, dels càtars, dels templaris, del grial, i de totes aquestes històries. M'encanta el relat, continua oi???
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